Los incendios forestales de los últimos años, especialmente los de 2025, nos han recordado algo esencial: proteger nuestros montes es tarea de todos. Vecinas y vecinos, montañeras y montañeros, administraciones… cada uno tiene un papel clave en la prevención, la vigilancia y la recuperación de nuestros espacios naturales.


La experiencia nos demuestra que la colaboración y la acción colectiva salvan vidas y ecosistemas. Cada sendero limpio, cada aviso temprano, cada gesto responsable cuenta.

En el nuevo comunicado de la FEDME, destacamos cómo el colectivo montañero puede convertirse en guardianes de nuestras montañas, y por qué su labor es fundamental para mantener vivos nuestros pulmones verdes y refugios de vida.

En los últimos meses de 2025, España ha sufrido una oleada de incendios forestales de gran magnitud en Galicia, Castilla y León, Asturias y Extremadura, con aproximadamente 382.000 hectáreas arrasadas.

Estos incendios han tenido profundas consecuencias económicas, sociales y ecológicas, afectando directamente a los habitantes de los pueblos, a su territorio y a los ecosistemas que lo habitan. La destrucción de vegetación altera la estructura del suelo, propicia la erosión y supone un grave problema para el futuro de las comunidades locales. La fauna, en muchos casos protegida y única en España, ha muerto o se ha visto obligada a desplazarse, generando problemas de alimentación y riesgos en los nuevos territorios. Los incendios no solo destruyen lo visible, sino que rompen el equilibrio de ecosistemas enteros, dejando secuelas que tardarán años en recuperarse.

La sociedad y el colectivo montañero como aliados clave

Ante la amenaza de incendios, la participación de vecinas, vecinos y del colectivo montañero resulta esencial para la prevención y la protección de nuestros montes. Las personas que habitan cerca de los montes son las primeras en detectar el fuego y colaboran en labores de prevención, limpieza de maleza y mantenimiento de senderos. Al mismo tiempo, las montañeras y montañeros que recorren estos espacios contribuyen con avisos tempranos y respeto al entorno, reduciendo riesgos y protegiendo el medio natural.

La montaña no es solo un espacio de recreo o deporte: es un ecosistema vivo donde conviven personas, animales y plantas que dependen de su buen estado de conservación. Garantizar su futuro requiere de responsabilidad colectiva: no encender fuego, recoger residuos, respetar caminos señalizados y participar en tareas de voluntariado ambiental. Conservar la montaña significa cuidar un patrimonio común, auténticos pulmones verdes y refugios de vida para las generaciones futuras.

La labor de los clubes y federaciones de montaña

Los clubes y federaciones han demostrado que su implicación va más allá del ocio. Socias y socios han participado activamente en la extinción de incendios, proporcionando apoyo logístico a brigadas de bomberos, ofreciendo alojamiento y comida, indicando rutas de acceso, colaborando en desbroces y vigilancia de zonas críticas, así como promoviendo programas de voluntariado y editando manuales de Buenas Prácticas Medioambientales para la prevención de incendios.

En Orense, por ejemplo, un canal de WhatsApp con más de 2.000 miembros organizó la recogida de materiales, alimentos y alojamiento para brigadas de extinción. En Liegos, se puso a disposición un refugio para el descanso del personal antiincendios. En Jarilla y Asturias, se colaboró en evacuaciones, transporte de personas dependientes y asistencia directa a bomberos. En Manzaneda, se trabajó para proteger el refugio local, limpiando los alrededores para evitar que el fuego alcanzara el edificio.

Este conjunto de acciones demuestra que el colectivo montañero que vive en las zonas de montaña es clave en la vigilancia, prevención y recuperación de los territorios afectados, aunque para que esta labor sea sostenible se requiere apoyo institucional, recursos, formación y marcos legales que reconozcan y coordinen su acción.

Desafíos estructurales y legales

La despoblación rural ha vaciado nuestros campos y montañas. Los rebaños ya no clarean los bosques ni mantienen los pastos, y lo que antes eran áreas abiertas se ha convertido en bosques densos y secos, alimento perfecto para posibles incendios. La falta de gestión forestal en las proximidades de los pueblos convierte cualquier chispa en tragedia.

Además, la actividad montañera se desarrolla en espacios protegidos donde la legislación restrictiva, aunque necesaria para la conservación, impide intervenciones preventivas, dificultando la reducción del combustible vegetal y el manejo del riesgo de incendios. La prevención exige medidas activas y una gestión forestal que entienda que prevenir también es intervenir.

Reflexión final y llamado a la acción

El cambio climático es innegable, pero la respuesta no puede ser un conservacionismo inmovilista. Proteger el medio rural y a quienes lo habitan es proteger también a la naturaleza. El verdadero desastre sería que nuestras montañas se vacíen, perdiendo a quienes son la primera y más eficaz defensa contra el fuego, quienes las mantienen vivas y quienes han convivido durante siglos con este ecosistema.

Solo con la implicación de administraciones públicas, vecinos y del colectivo montañero será posible mantener nuestras montañas como lo que son: pulmones verdes, refugios de vida y patrimonio común que debemos proteger para las generaciones futuras.